
El multilateralismo es un principio de organización de las relaciones internacionales, orientado a construir una arquitectura de gobernanza del sistema internacional. Implica que tres o más Estados cooperan, se coordinan y se comprometen en la gestión de asuntos que exceden la capacidad de soberanía estatal individual. Se articula mediante normas, instituciones y métodos compartidos que establecen un marco de actuación predecible y que los actores internacionales acuerdan seguir y aplicar[1]. Su objetivo es someter el carácter anárquico del sistema internacional a un orden basado en reglas que permita abordar desafíos colectivos de naturaleza transnacional.
La función principal del multilateralismo es proporcionar estabilidad y predictibilidad al sistema internacional, reduciendo la incertidumbre en la interacción entre Estados. Desde su consolidación tras la II GM, ha sido un elemento esencial de la gobernanza global, facilitando la coordinación de políticas, la producción de estándares y la resolución pacífica de controversias. Su lógica se encuentra en que la cooperación estructurada aumenta la previsibilidad dy limita la concurrencia de dinámicas competitivas.
En los últimos años, este sistema ha experimentado un deterioro derivado del retorno de la geopolítica dura, la competencia sistémica entre potencias y la disputa por recursos estratégicos. Estas tensiones han reducido su capacidad estabilizadora y han incrementado la incertidumbre. Se observa una transición hacia un orden internacional caracterizado por acuerdos variables y coaliciones flexibles, donde la cooperación es selectiva, instrumentalizada por las potencias para proyectar poder e influencia y subordinada a las dinámicas de la rivalidad global. La evolución de este proceso condicionará el papel del multilateralismo en la gobernanza global del siglo XXI.
[1] “Construir un multilateralismo para el siglo XXI”; J. BORREL; https://www.eeas.europa.eu/eeas/construir-un-multilateralismo-para-el-siglo-xxi_es
