
Los chokepoints son puntos críticos del sistema internacional —habitualmente geográficos, pero también pueden ser industriales— por los que transita una parte desproporcionada de materias primas, energía o componentes esenciales del comercio global. Su rasgo esencial es la concentración del flujo: mucho pasando por muy poco espacio. Por eso, cualquier alteración, aunque sea breve, puede generar disrupciones inmediatas en la economía mundial.
Son puntos geográficos donde el tránsito marítimo se concentra en espacios muy reducidos, como Malaca, Ormuz o Gibraltar. También existen chokepoints industriales, en los que la producción de un elemento estratégico depende casi por completo de una sola región, como ocurre con los semiconductores avanzados en Taiwán o el refinado de tierras raras pesadas en China.
Quien controla estos cuellos de botella puede influir sobre precios, ritmos y disponibilidad en las cadenas de suministro. No es necesario bloquearlos: basta con ralentizar, encarecer o generar incertidumbre para ejercer presión. En un entorno internacional marcado por la competencia geoeconómica, los chokepoints se han convertido en palancas de poder estructural.
Controlar un chokepoint es controlar el flujo de suministros; y esto es, en última instancia, controlar poder geopolítico.
