
Este concepto, central en la política internacional actual, ha cobrado relevancia en los últimos años. Pero ¿qué entendemos realmente por autonomía estratégica?
Podemos definirla como la capacidad de un Estado o una región para actuar por sí mismo cuando sea necesario, defendiendo sus intereses y valores, y cooperando con sus aliados cuando resulte conveniente. Es decir, es la reducción de las dependencias críticas que limitan la capacidad de decisión en ámbitos relevantes de la política exterior.
Debe abordarse desde un enfoque multisectorial, reforzando sectores clave como la tecnología, la energía, el comercio, la defensa o las materias primas críticas. El objetivo es garantizar que un actor esté en disposición de proteger sus intereses ante un mundo que se ha vuelto cada vez más inestable, incierto y competitivo.
Es, por lo tanto, una condición indispensable para desempeñar un papel relevante en la esfera internacional ante un mundo en el que las interdependencias pueden transformarse en vulnerabilidades y en el que las alianzas han dejado de ofrecer la previsibilidad de antaño.
La autonomía estratégica no es un objetivo más: es el requisito para seguir siendo relevante en un orden internacional cada vez más incierto.
